Cuando el funcionariado se distrae, todo se vuelve más funky
Seguro que ya sabes lo preciosas que son algunas estaciones de metro de Moscú, que si mármol, que si lámparas de araña... ejem, una cosita: aquello era propaganda de diseño para que el obrero no pensara en que no tenía más que media patata para comer, pero oye, mira que metro más guapo. Pero hoy vengo a hablarte sobre las paradas de autobús soviéticas.
Hablamos de marquesinas construidas entre los años 60 y 80 en mitad de las antiguas repúblicas de la URSS. Lo lógico bajo un régimen comunista totalitario habrían sido bloques de hormigón grises, cuadrados, simétricos y deprimentes, a juego con el estado de ánimo general del país y los pisos que construían. Pues oh chorprechita: Estas paradas destacan por sus formas extravagantes, mosaicos de colores y diseños únicos que eran un insulto directo a la arquitectura estandarizada y barata del régimen.
¿Por qué ocurrió esto? Porque las marquesinas eran consideradas proyectos de tan bajo presupuesto y tan nulo interés político que los censores del Kremlin pasaban olímpicamente de revisarlas. Así que los arquitectos locales vieron el cielo abierto: usaron las paradas como una válvula de escape para experimentar y meter el arte de su región (y un poco de chaladura cósmica en algunas, también) sin tener que soportar a un funcionario metiendo las narices en los planos y diciéndoles cómo tenían que hacer los diseños. En Armenia o Kazajistán te puedes encontrar desde paradas con forma de concha marina gigante hasta estructuras que imitan ovnis o naves espaciales. Imagínate la escena: Sólo se oye el viento, y estás tú vestida de rusa setentera, en mitad de la estepa, a quince grados bajo cero, con bolsas de la compra y la permanente congelada, esperando el autobús metida dentro de un platillo volante de hormigón. Podría ser perfectamente de la próxima peli de Wes Anderson.
Un fotógrafo canadiense llamado Christopher Herwig se obsesionó tanto con estas paradas que se pasó 20 años persiguiéndolas por las carreteras. Su trabajo acabó en un libro de culto titulado Soviet Bus Stops. Hoy se las considera esculturas a cielo abierto, y son de lo más curiosas. Más fotos en este link.
El peligro de rascar en tu árbol genealógico
Cambiemos de tercio. Hablemos de la familia, ese concepto maravilloso y a la vez el mayor generador de contenido para una sesión de terapia. Si a veces te cuesta coordinar una comida de domingo con tus hermanos y tus cuñados, imagínate la historia de mi amigo Benito.
Benito, un excompi del trabajo, y gallego como yo, decidió un buen día curiosear en internet sobre sus antepasados. Total, que acabó metiéndose en FamilySearch, esa gigantesca base de datos genealógica que gestionan, atención al dato, los mormones en Utah. Sí, querida, los mormones dedican media vida a digitalizar los registros civiles y parroquiales de todo el planeta porque para su fe es vital rastrear a sus ancestros. Y al contrario que otras webs donde buscar antepasados, la de los mormones lo hace gratis.
Pues bien, Benito empezó a meter los datos que ya tenía, a tirar del hilo, y aquello fue el efecto dominó definitivo. Gracias a la minuciosidad de los mormones y a los algoritmos de la página, Benito no es que encontrara al abuelo de su abuelo... ¡es que acabó encontrando a decenas de antepasados! Una red gigantesca de bisabuelos, tatarabuelos y parientes lejanos cuya existencia desconocía por completo. Y por ende, ya con las redes sociales, una red internacional de primos, tíos y parientes de los que no tenía ni la más remota idea.
Imagínate la situación: entras a una web una tarde de aburrimiento buscando si tu bisabuelo era de Pontevedra y acabas felicitando la Navidad a 250 personas en 4 países diferentes.
He de confesar que Benito me contagió un poquito, le eché algunas tardes, y acabé encontrando, por ejemplo, el documento de registro de inmigración a Brasil en 1953 de un hermano de mi abuelo, con su foto y todo. Si tú también tienes ganas de una tarde de necroinvestigación, ya sabes.
Sección 'Good Mandanga': Novela caribeña para mentes multipestaña
Hoy la "Good Mandanga" viene con sabor dominicano, muy acorde con este calorazo y ganas de playa, y dos novelas que juegan en tonos completamente distintos pero que te vuelan la cabeza igual.
Por un lado, tienes La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa. Una obra maestra que te mete de lleno en la mente y los últimos días del dictador dominicano Trujillo. Es un retrato acojonante de cómo el poder absoluto vuelve a la gente completamente tarumba y paranoica. Es densa, es magnética y se lee con el corazón en un puño.
Y para hacer el contraste perfecto, tienes que leer La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz. Esta novela gamberra, dolorosa y divertidísima ganó el Pulitzer en 2008. Óscar es un chaval dominicano empollón que vive en Nueva Jersey, está gordo, ama la ciencia ficción, no se come un rosco ni por equivocación y está convencido de que su familia arrastra el "fukú", una maldición caribeña ancestral. Está escrita con tal gracia que no podrás despegarte de ella, y te maravillará el juego y finteo continuo que hace con el idioma. El choque de estilos entre estos dos libros es pura mandanga de la buena para mantener entretenidas tus 45 pestañas cerebrales en este caloret que hace.
Y hasta aquí, Señora.
Así que ya sabes: si este verano se te tuercen los planes, si tu familia política te da ganas de pedir el bautismo mormón para perderte en Utah, o si sientes que tu rutina es más gris y monótona que un bloque de pisos de la estepa rusa, no te estreses. Míralo todo desde la barrera, sácate un buen libro del bolso y nos volvemos a ver en quince días.
— La Señora con WiFi,
Oficial de primera de curaduría con señoridad